Con frecuencia, al acabar el día, sientes que te pesa el ruido,

el ajetreo de la jornada vivida intensamente, el cansancio...

y, en muchas ocasiones, el vacío interior.

Es el momento de entrar en lo profundo de ti mismo

y dar sentido al día que has vivido.

Cinco minutos nada más, vividos en el corazón de la noche, en silencio y el sosiego.

Cualquier plegaria hecha en el medio de la noche

se convierte en potente foco capaz de iluminar tanto despiste

como experimentamos durante el día.

Es el momento de abandonarse confiadamente en las manos del Padre,

pasar la página del que hemos vivido

y sentir que todo nuestro ser descansa en Dios.