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La Coctelera

el-baluarte

27 Octubre 2009

9 VACAS

 

Dos amigos marineros viajaban  en un buque carguero por todo el  mundo, y andaban todos los tiempos juntos.  Así que, esperaban la llegada a cada  puerto para bajar a tierra, encontrarse  con mujeres, beber y divertirse. 
 

Un día llegan  a una isla perdida en el Pacífico,  desembarcan y se van al  pueblo para  aprovechar las pocas horas que iban a  permanecer en tierra. 
 

En el camino  se cruzan con una mujer que está  arrodillada en un pequeño río lavando  ropa. 

Uno de ellos  se detiene y le dice al otro que  lo espere, que quiere conocer y conversar  con esa mujer. El amigo, al verla  y notar que esa mujer no es nada  del otro mundo, le dice que para  qué, si en el pueblo seguramente iban  a encontrar chicas más lindas, más dispuestas  y divertidas. 

Sin embargo,  sin escucharlo, el primero se acerca a  la mujer y comienza  a hablarle y  preguntarle sobre su vida y sus costumbres.

Cómo se llama,   qué es lo que hace, cuantos años  tiene, si puede acompañarlo a caminar  por la isla. 

La mujer escucha  cada pregunta sin responder ni dejar de  lavar la ropa, hasta que finalmente le  dice al marinero que las costumbres del  lugar le impiden hablar con un hombre,  salvo que este manifieste la intención  de casarse con ella, y en ese caso  debe hablar primero con su padre, que  es el jefe o patriarca del pueblo. 
 

El hombre la  mira y le dice: "Está bien. Llévame  ante tu padre. Quiero casarme contigo".

El amigo, cuando  escucha esto, no lo puede creer. Piensa  que es una broma, un truco de su  amigo para entablar relación con esa  mujer. Y le dice: "¿Para qué tanto  lío? Hay un montón de mujeres más  lindas en el pueblo. ¿Para qué tomarse  tanto trabajo?".

El hombre le  responde: "No es una broma. Me quiero  casar con ella. Quiero ver a su padre  para pedir su mano".

Su amigo, más  sorprendido aún, siguió insistiendo con argumentos  tipo:

"¿Tu estás loco?", "¿Qué le viste?", "¿Qué te pasó?", "¿Seguro que no tomaste nada?" y cosas por el estilo.

Pero el hombre,  como si no escuchase a su amigo,  siguió a la mujer hasta el encuentro  con el patriarca de la aldea.

 

El hombre le  explica que habían llegado recién a  esa isla, y que le venía a manifestar  su interés de casarse con una de  sus hijas. El jefe de la tribu lo  escucha y le dice que en esa aldea  la costumbre era pagar una dote por  la mujer que se elegía para casarse.

Le explica  que tiene varias hijas, y que el  valor de la dote varía según las  bondades de cada una de ellas, por  las más hermosas y más jóvenes se  debía pagar 9 vacas, las había no  tan hermosas y jóvenes, pero que eran  excelentes cuidando los niños, que costaban  8 vacas, y así disminuía el valor  de la dote al tener menos virtudes. 
 

El marino le  explica que entre las mujeres de la  tribu había elegido a una que vio  lavando ropa en un arroyo, y el jefe  le dice que esa mujer, por no ser  tan agraciada, le podría costar 3 vacas.

"Está bien" respondió el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas".

El padre de  la mujer, al escucharlo, le dijo: "Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta  tres vacas, mis otras hijas, más jóvenes,  cuestan  nueve vacas".

"Entiendo muy bien", respondió nuevamente el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas".

Ante la insistencia  del hombre, el padre, pensando que siempre  aparece un loco, aceptó y de inmediato  comenzaron los preparativos para la boda,  que iba a realizarse lo antes posible. 
 

El marinero  amigo no lo podía creer. Pensó que  el hombre había enloquecido de repente,  que se había enfermado, que se había  contagiado de una rara fiebre tropical.  No aceptaba que una amistad de tantos  años se iba a terminar en unas pocas  horas. Que él partiría y su mejor  amigo se quedaría en una perdida islita  del Pacífico.

Finalmente, la  ceremonia se realizó, el hombre se casó  con la mujer nativa, su amigo fue  testigo de la boda y a la mañana  siguiente partió en el barco, dejando  en esa isla a su amigo de toda  la vida. 
 

El tiempo pasó,  el marinero siguió recorriendo mares y  puertos a bordo de los barcos cargueros  más diversos y siempre recordaba a su  amigo y se preguntaba: "¿qué estaría  haciendo?, ¿cómo sería su vida?,  ¿viviría  aún?". 
 

Un día, el  itinerario de un viaje lo llevó al  mismo puerto donde años atrás se había  despedido de su amigo. Estaba ansioso  por saber de él, por verlo, abrazarlo,  conversar y saber de su vida.

Así es que,  en cuanto el barco amarró, saltó al  muelle y comenzó a caminar apurado hacia  el pueblo.

"¿Dónde estaría su amigo?,  ¿Seguiría en la isla?, ¿Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?" 
 

De camino al  pueblo, se cruzó con un grupo de  gente que venía caminando por la playa,  en un espectáculo magnífico.

Entre todos,  llevaban en alto y sentada en una  silla a una mujer bellísima.

Todos cantaban  hermosas canciones y obsequiaban flores a  la mujer y esta los retribuía con  pétalos y guirnaldas.

El marinero  se quedó quieto, parado en el camino  hasta que el cortejo se perdió de  su vista. Luego, retomó su senda en  busca de su amigo. 
 

Al poco tiempo, lo  encontró. Se saludaron y abrazaron como  lo hacen dos buenos amigos que no  se ven durante mucho tiempo.

El marinero no paraba  de preguntar: "¿Y cómo te fue?,  ¿Te  acostumbraste a vivir aquí?, ¿Te gusta  esta vida?, ¿No quieres volver?" 

Finalmente se anima a  preguntarle: "¿Y como está tu esposa?"

Al escuchar esa pregunta,  su amigo le respondió: "Muy bien, espléndida.  Es más, creo que la viste llevada  en andas por un grupo de gente en  la playa que festejaba su cumpleaños".

 

El marinero, al escuchar  esto y recordando a la mujer insulsa  que años atrás encontraron lavando ropa,  preguntó: "¿Entonces, te separaste? No  es misma mujer que yo conocí, ¿no  es cierto?".

"Si" dijo su amigo, "es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás".

"Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable,  ¿cómo puede ser?",  preguntó el marinero.

"Muy sencillo" respondió su amigo. "Me pidieron de dote 3 vacas por ella, y ella creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella 9 vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de 9 vacas. La amé como a una mujer de 9 vacas. Y ella se transformó en una mujer de 9 vacas". 

Cuando alguien nos valora y nos estimula, con sinceridad  y amor, obramos cambios impensados...  

"Sólo Pierde Quien Deja de Intentar" 

Vaya a todas las mujeres del mundo este pequeño tributo.

 

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En el baluarte, sobre roca firme busco seguridad.

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