La principal dificultad a la que se enfren­ta la persona interesada en la meditación y sus beneficios es la falta de motivación.

Pensamientos del tipo "ahora tengo que hacer algo más urgente, mejor me pongo a leer" o "lo haré por la tar­de" acaban por imponerse hasta que se olvida por completo el tema de la me­ditación.

Por eso, lo primero que hay que entender es que no se trata de una práctica que se pueda hacer durante un tiempo, obtener un beneficio y, luego, abandonada.

Kabat-Zinn propone a los principiantes que practiquen como si  la vida les fuera en ello, puesto que gracias a la meditación se aprende a experimen­tar realmente cada instante.

Otro obstáculo es que la atención se desvíe una y otra vez y aparezcan pen­samientos como "la meditación no es para mí". En realidad es una resistencia frecuente que hay que tratar como cual­quier otra idea que surge durante la me­ditación: no se le hace caso. No hay que criticarse ni darle muchas vueltas. Con la práctica, la mente se aquietará.

Un reto mayor quizá sea el de idealizar la meditación. Es un error buscar una experiencia extraordinaria, el bienestar absoluto, la sabiduría o la felicidad. Al­go de eso puede ocurrir, pero durará un instante, como sucedería probablemen­te sin necesidad de meditar. Los medi­tadores expertos dicen que la búsqueda termina cuando comprendes que no hay nada que buscar, pero que la meditación es una ayuda incomparable -sino im­prescindible- en el proceso de autoco­nocimiento y crecimiento personal.

Por suerte, en el camino de la medi­tación también hay apoyos. Practicar en compañía lo hace mucho más sencillo y la figura del maestro, que proporciona enseñanzas tanto a través de sus con­sejos como de su conducta, resulta casi imprescindible. Pero no hay instructo­res perfectos. Los mejores no alientan la dependencia ni los sentimientos de inferioridad en sus discípulos.

Por el contrario, ayudan a encontrar el propio camino y por los propios medios.

  

Usar esta técnica todo el día

Además del tiempo que permanece­mos formalmente en actitud medita­tiva, en determinados momentos a lo largo del día y en numerosas cir­cunstancias de nuestra vida cotidia­na, podemos recuperar las técnicas de la atención plena.

Mientras realizamos algunas ac­ciones rutinarias, como por ejemplo cepillamos los dientes, damos una ducha o ir en autobús, gozamos de la posibilidad de centrar la atención en lo que realmente está ocurriendo en ese instante.

Podemos empezar preguntándo­nos si realmente estamos aquí, en  la ducha, en el trabajo, con la familia o los amigos,  pues, si la dejamos, la mente nos llevará a pensar en algo que tenemos previsto hacer o algo que nos ha ocurrido.

La meditación nos enseña  a man­tener la atención en cualquier activi­dad. Esta capacidad es muy importante, porque la dispersión es una característica de la sociedad actual. Cada vez existe menos capacidad para concentrarse.

El secreto del equilibrio es decidir conscientemente en cada momento qué es lo que queremos hacer. De­bemos tener tiempo para meditar, para reflexionar, para hacer planes, para trabajar, para relacionamos y para disfrutar.